A solas, en la penumbra de su alcoba, el poeta rumia su desgracia.
¡Todo es tan injusto! Echado del escenario y del Instituto. No podrá volver a ver a su musa.
La recuerda ahora, con decepción y un dejo de rencor, pero sus sentimientos hacia ella continúan firmes, e incluso, su intensidad ha aumentado a consecuencia del fracaso. Hoy, más que nunca, siente la urgencia de conseguir su amor. Luchar por ella, conquistarla… ¡Si tan sólo supiera!, suspira el poeta. ¡Si hubiera podido decirle que lo que había escrito era para ella...!
Si hubiera.
Mas nada sucedió, y el poeta, una y otra vez, se niega a aceptarlo. Desconsolado, se pregunta: "¿Por qué a mí?"
“¿Para qué existir?”, prosigue en su monólogo mental. ¿De qué sirve la vida? Nada le ha dado sino decepciones y tristezas. Su musa está en los brazos de otro hombre, ¡cuando él la amaría más que ninguno! ¿Cómo aceptar cosa tan estúpida? ¿Cómo vivir en un mundo tan absurdo? ¡Sería más sensato abandonarlo!
El poeta se detiene.
¿Morir?
¿Y por qué no?
¿Por qué no?, se pregunta de nuevo, una vez que la nefasta idea ha invadido su mente. ¿Acaso tiene la vida algo que ofrecerle, cuando le ha arrebatado lo único que le importaba? Su poesía ha sido ridiculizada, sus sentimientos, ignorados. ¿Para qué seguir?
El alma del poeta, estúpida, atormentada y ciega, no es capaz de hallar una sola razón que justifique su existencia, encontrando en cambio docenas de motivos por los que la muerte es su única salida. Y aunque busca excusas, los argumentos a favor de su deseo absurdo no valen nada ante la fuerza del deseo mismo; y así, el poeta se pone de pie: ha tomado la decisión de acabar con su vida.
¡Oh! Pero, desde luego, su muerte no puede ser tan carente de sentido como su vida. No, tiene que ser dramática, novelesca, digna de su sufrimiento, de su arte. ¡Poeta, hasta el final! Antes de morir, escribirá su poema cumbre, unos últimos versos que justifiquen su paso por el mundo. ¡La última obra, tan emotiva, tan desgarradora, que le confiera, de manera póstuma, el reconocimiento que en vida le es imposible recibir!
No hay marcha atrás. Busca el instrumento con el que habrá de tomar su vida; tras pasearse por su cuarto, barajando cuantos extravagantes métodos de suicidio se le ocurren, su mirada se posa en su escritorio: hay allí unas tijeras, una navaja, un pisapapeles. Con un estremecimiento, el poeta los desecha: el dolor no entra en sus planes. Inspecciona las alacenas de la cocina, sabiendo que encontrará algo, pues la casa es continuamente invadida por bichitos rastreros. ¡Ah! Esboza una sonrisa: ahí están los venenos, medio ocultos detrás de los trapos y cubetas.
¿Qué debe tomar? ¿Y cuánto? El poeta desea ahora haber puesto más atención a sus estudios de química, pero no se arredra: no puede ser muy difícil. Para estar seguro, toma un poco de cada cosa y las mezcla con agua, preparando un brebaje de aspecto, olor y color extraños, que confía dé resultado. Otro efecto dramático: sirve el menjurje en un vaso de la vajilla más elegante de su madre, la que nunca se usa.
El poeta regresa a su habitación, llevando consigo su cicuta casera. Toma su pluma y, como lo ha hecho tantas ocasiones, se enfrenta al papel en blanco. Pero ahora es diferente, pues es la última vez y, por mucho, la más intensa.
El poeta escribe. Se siente extraño, fascinado: las palabras fluyen a través de la pluma con una facilidad asombrosa, casi insultante. Escribe con un virtuosismo que él mismo encuentra inverosímil. La certidumbre de la muerte le ha concedido, por unos momentos, el privilegio de la maestría que de otra forma le habría tomado muchos años alcanzar.
Termina. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Igual tres minutos que tres horas. Lee, con incredulidad, lo que acaba de escribir: ¿cómo ha podido hacerlo tan bien? El instante de genialidad se ha diluido, dejando tras de sí un nuevo motivo de suicidio; pues en ese breve momento de lucidez artística, el poeta ha caído en la cuenta de cuán mediocres y patéticas han sido sus obras anteriores: un débil reflejo, una burda imitación de un aficionado que, habiendo leído hasta el cansancio a los grandes poetas, tuvo la ingenua osadía de considerarse uno. Ahora entiende los abucheos de que fue objeto; peor aún, los comparte.
Sabe, con dolorosa certeza, que no podrá volver a producir otra pieza como ésta; que su arte es una farsa, que no es un verdadero poeta. ¡Por esto el público lo echa! ¡Por esto su musa lo desprecia! Antes de darse cuenta, el poeta ya ha bebido el brebaje mortal.
Comienza con un mareo; una sensación nauseabunda que recorre su cuerpo, que exige el inmediato desalojo de la sustancia dañina; pero el poeta se cubre la boca, reprimiendo el vómito. Siente como si sus ojos quisieran salírsele; la cabeza le duele de una manera que jamás ha experimentado. En un momento, está tendido en el suelo, retorciéndose.
¡Pero no! ¡No pueden encontrarlo tirado! Debe estar sentado a su escritorio, con la pluma en la mano y su obra delante. Un final trágico, pero no vulgar.
Se arrastra a su silla, subiendo con dificultad. Contiene el vómito con una mano, trata de alcanzar su cuaderno y su pluma con la otra. Para su contrariedad, el brebaje no lo ha fulminado rápidamente, sino que lo ha sumido en una desagradable agonía. Ya falta poco, se consuela el poeta mientras toma la postura adecuada. Ya falta poco. Y para distraerse de su dolor, imagina lo que ocurrirá tras su muerte.
Puede ver a su madre, descubriendo el cadáver. Un grito de horror y sorpresa. Sollozos histéricos, sacudidas al cuerpo inerte. Entonces, divisa el cuaderno y, atraída por una irresistible curiosidad, lo toma y lo lee.
¡Si se sorprende la madre! El poema posee el sello del gran arte, que sorprende por igual al neófito que al entendido. El padre acude presuroso al oír los gritos, y encuentra a su esposa tranquila, pero estupefacta, ida. Toma el cuaderno, y a su vez, lee...
La noticia de la muerte del poeta llega al Instituto. Todos, al enterarse, reaccionan con sorpresa y pesar: ¿El poeta está muerto? ¿El del Festival? ¡No es posible! Y después, sienten una sombra de culpabilidad cernirse sobre sus cabezas. Si no lo hubieran tratado tan mal...si no lo hubieran expulsado...¡tal vez seguiría vivo! ¡Todos son responsables de la muerte del poeta!
Pronto se propaga un rumor: el desdichado, antes de morir, escribió un poema. ¿De verdad?, preguntan todos. ¿Un último poema? ¡Tenemos que leerlo, escucharlo! La obra póstuma se convierte en el tema de moda. Todos hablan de ella y de su autor. Y todos están presentes en el funeral del poeta, cuando éste se lleva a cabo.
El rezandero ha concluido los rosarios; la capilla está en silencio, el poeta reposa en su ataúd. Llegada la medianoche, el padre del poeta se pone de pie; lleva en las manos un cuaderno roído. Los presentes dejan escapar un murmullo de emoción mientras el hombre se dispone a leer el último poema de su hijo.
¿Cómo reproducir tan maravillosa poesía? Es tal su fuerza, su belleza, que el padre, que no es ningún orador nato, ha logrado conmover al público. Las lágrimas asoman a todos los ojos; al terminar la lectura, un minuto de silencio es seguido por el aplauso más atronador y furioso que cualquiera de los presentes ha escuchado jamás. Aplauso que, a pesar de todo, no logra ahogar un grito.
Todos voltean. ¿Quién ha gritado? ¿La madre? No, permanece triste, pero ecuánime, junto al padre. ¿Entonces? La respuesta se revela en un segundo grito: ¡La musa!
La joven ofrece un espectáculo desgarrador. En las últimas líneas, se ha enterado de que era ella a quien el poeta dirigía todas sus palabras. Parece estar en shock. ¡Ella, y no lo sabía! Su acompañante, el rival del poeta, intenta ofrecerle consuelo, pero le rechaza con brusquedad. Lo único que importa es que el poeta se ha ido...se lanza contra el féretro, sollozando, abrazándolo, gritando como si el muerto pudiera oírla... su dolor es grande, crudo...
¡El dolor! El poeta sale súbitamente de su ensoñación. El funeral, la musa, se han esfumado, de vuelta en su mente. Parpadea, perplejo. ¿Es que aún está vivo? ¿El brebaje no ha servido de nada? Mueve las manos, los pies, la cabeza. ¡En efecto, está vivo! No sólo eso, se siente bien: los espasmos y el dolor han desaparecido. ¿Qué puede significar esto?, se pregunta el poeta, maravillado. ¿Acaso, después de todo, la vida tiene algo para él? ¿La Providencia ha decidido salvarle, demostrando que aún le queda mucho por hacer? ¡Por supuesto!, piensa el poeta, con una sonrisa en los labios y un nuevo brillo en los ojos. ¿De qué otra manera puede explicarse este milagro? ¡Ha sido salvado! Incluso su sufrimiento y autocompasión se rinden ante este acontecimiento maravilloso. La idea del suicidio ha desaparecido, y siente ahora incluso repugnancia hacia ella. ¿Cómo pudo habérsele ocurrido semejante estupidez? ¡Atentar contra su vida! ¡Por Dios!¡Si falta tanto por lograr! Tras escapar a la muerte, la vida se revela al poeta en todo su esplendor. En este momento, le importa poco el público, la poesía, incluso la musa. Descubre por qué ha sido tan mal poeta: ¡Por que nunca había estado realmente vivo! ¡No puede haber poeta que cante sin experimentar la vida! Ahora, por fin, lo entiende todo...
Ahora, el dolor vuelve.
El poeta siente, horrorizado, cómo su cuerpo deja poco a poco de responderle; sus piernas y sus manos se engarrotan y caen exánimes. El brebaje, compuesto heterogéneo e impredecible, ha tenido un extraño comportamiento, retrasando su efecto y disfrazando los síntomas; si fue la química del cuerpo o la inconsistencia del preparado, sólo un médico sabría decirlo; pero al final, ha cumplido su función. El poeta, inmóvil, nada puede hacer. ¡No es justo!, grita, mas nada sale de su boca. ¡No quiero morir!
Pero aún si pudiera gritar, nadie hay para oírlo ni ayudarlo. Siente cómo la vida, aquel bien hasta hace unos momentos indeseable, se le escapa. Mudo e impotente, el poeta expira.