Monday, October 02, 2006

Presentación de "La escritura invisible" en la Feria del Libro

Nuestro libro La escritura invisible va a presentarse este fin de semana, el sábado 7 de octubre de 2006, a las 14:00 hrs. en el Café Literario de la 6ª. Feria del Libro de la Ciudad de México, en el Zócalo del distrito federal. Chilangos, dénse una vuelta.

Presentan: Yanna Hadatty Mora, Ramón Lara Gómez, Antonio Monter y Gustavo Ogarrio. Varios de los autores que aparecen en la antología leerán algunos cuentos inéditos. Por cierto, el libro ya está a la venta en El Sótano de Miguel Angel de Quevedo y el El Parnaso de Coyoacán.

Wednesday, September 13, 2006

Oda del poeta adolescente (I)

Miniprólogo: Este es uno de mis primeros cuentos, y el primero que fue publicado (hace ya un ratote) en el suplemento literario Fronda. Dado el formato de Blogger, que obligaría a empezar por el final, lo he posteado al revés...

Oda del poeta adolescente

El poeta sube al escenario con paso resuelto, gesto indeciso. Echa una mirada a su ruidoso auditorio, esperando inútilmente el silencio para comenzar.
Es muy joven el poeta, y lo es también su público, aunque de entre todas las cabezas que le observan, algunas tienen arrugas bajo los ojos y cabello gris en las sienes: unos cuantos padres de familia han asistido, entre los que, por fortuna, no se encuentran los suyos.
Respira, tratando de calmar sus nervios. Su público ya empieza a impacientarse, aunque no por interés: la mueca en los rostros es de tedio supremo, resultado de una mañana desperdiciada en observar espectáculos de buena intención, pero deficiente calidad. Cuanto se espera de este evento -pomposamente nombrado "Primer Gran Festival Artístico"- es que termine, y el chivo expiatorio de esa inconformidad será, con toda seguridad, el poeta. No puede culparse al público por estas ansias de castigo: cualquiera tendría semejante ánimo, de haber tenido que aguantar las anteriores presentaciones: el fallido acto de magia del flaco Gutiérrez, el lastimoso canto a capella del coro local y el atentado, que no intento, de obra teatral de los de segundo. Mas el poeta, absorto en los preparativos de su lectura, no ha visto estos tristes espectáculos, no tiene conciencia de ellos. Son tan sólo el preludio a su gran debut: la primera vez que declamará los versos por él compuestos a espectadores humanos, no a las aves, hormigas y árboles que constituyen su audiencia habitual.
Sin embargo, el poeta no toma en cuenta que, a diferencia de aquél público, éste tiene la facultad de expresar su desaprobación: una bola de papel pasa volando cerca de su cabeza, apoyada por un concierto de silbidos y adjetivos: el artista, acicateado de esta forma, se decide por fin a empezar.
Se aclara la garganta -gesto teatral e innecesario- y empieza a declamar. Tan pronto lo hace, sufre el poeta un gran desencanto: su voz -que tanto ha practicado durante la semana, modulándola, buscando el tono perfecto para cada palabra- le es desconocida. Aquellos versos que tan bien se escuchaban en los rincones de su habitación, suenan ahora débiles, huecos. El pelón Ortiz, desde su asiento en la última fila, grita que no oye nada.
Alza la voz, pero es tarde para buscar la magia. Su soneto vigoroso y profundo se ha convertido en un incoherente amasijo de palabras. Los abucheos se multiplican, tanto en número como en intensidad.
El poeta farfulla unas disculpas y anuncia que presentará otro poema. El público reacciona con sorpresa: ¿Es que todavía insiste este hombre? ¿No ha hecho el ridículo lo suficiente? Y una vez más, lo conminan a dar por concluido su desafortunado acto.
En una silla, mezclada con aquellos que le exigen bajar del escenario, se encuentra su musa, una criatura joven y hermosa. La mira el poeta, y lo que ve le infunde valor para continuar, pues ella no se burla ni lo insulta como los demás. Los ojos del poeta, ingenuos, imaginan que su mirada perdida en el vacío se dirige a él, e interpretan su somnolencia como interés. Le basta esta sola espectadora; guarda, pues, la hoja de su primer fracaso y desenfunda sus mejores versos, que ha compuesto para aquella joven, los que le han costado más desvelos y frustraciones. En este momento le confesará su amor, hasta ahora oculto.
Recita el poeta, de una forma tal que las murmuraciones e insultos de sus quejosos oyentes cesan de pronto. Éstos, en efecto, le miran desconcertados: el joven habla ahora con voz imponente, por momentos estruendosa y por momentos sutil, pero cargada de sentimiento, y es que ya no se dirige a ellos: habla sólo a su musa.
¡Con cuánta gracia y ardor la describe el poeta! Esta afectada poesía, que suple con emoción desnuda la falta de técnica (pues hay que decirlo: nuestro poeta, en realidad, no es muy bueno), pinta el retrato de un ser delicioso; hablan los versos de su amada, utilizando infinidad de clichés y vocablos rimbombantes que la mayoría de su auditorio no entiende -y en ello radica, tal vez, su encanto-, metáforas que, palabras más, palabras menos, ha copiado de los grandes maestros poetas, cuyos libros abarrotan los estantes de su armario.
Habla el poeta del brillo sin igual de sus ojos, del fulgor del sol reflejado en su cabello, de la suavidad de su piel (que jamás ha tocado); mira fugazmente a la musa, y al comprobar su atención, se siente, por fin, feliz.
La otrora conflictiva audiencia está ahora atenta y fascinada ante las palabras rebuscadas y trilladas del poeta, pero cuyo aura de sinceridad les confiere una extraña magia. Rinden los versos tributo a una mujer que, a juzgar por tal retrato, posee una belleza ante la que Helena de Troya se humillaría derrotada. Esto, desde luego, no es verdad: el poema exagera. La musa es bella, sí; pero con una belleza simple, que sólo los ojos amorosos y fieles del poeta elevan a la infinita potencia.
Todo es perfecto: los oyentes cautivos, el poeta inspirado, el verso, a punto del clímax...
Sobreviene entonces la tragedia.
Se acerca el poeta a las frases culminantes; está por desvelar la identidad de la musa y gritarle su amor; alza la vista para poder hablarle a los ojos.
Pero los ojos de la musa ya no miran al poeta. En cambio, su rostro está vuelto hacia otro individuo, y sus labios,en plena amalgama con los de éste. La desbordada pasión del poeta ha calado en su musa, pero el receptáculo de esa pasión es otro, quien corresponde a la joven con igual frenesí.
El poeta queda mudo ante la escena de la que es testigo. El público, expectante, pregunta qué sucede. ¿Porqué se ha detenido, ahora que iba tan bien?
El poeta mira, torturando su alma con el espectáculo de la musa y su némesis en ardorosa comunión palatina. Con rabia creciente, ve aquellos labios que tanto venera abrirse y cerrarse en torno a los del rival. Y dado que ha interrumpido su lectura, los asistentes empiezan a despertar del embrujo. ¿Qué le pasa a ese imbécil?, grita alguien, contagiando su inconformidad a los demás. Las rechiflas, abucheos y consignas han vuelto, y se elevan conforme el malogrado vate persiste en su silencio.
¿Qué le importa al poeta la opinión del público cuando ha perdido a su musa? El poema cruje y se rasga al crisparse sus manos; el momento perfecto se ha trastocado en pesadilla, la ira lo petrifica. Si su furia no excediera a su tristeza, le veríamos romper en llanto.
Un proyectil devuelve por fin a la realidad a nuestro artista; la bola de papel, impulsada por una liga de hule, le da esta vez de lleno en el entrecejo. Está furioso y busca dónde descargar su frustración, encontrando un blanco en su auditorio amotinado.
Con toda la energía que puede, responde el poeta al abucheo de su público, tachándolo de estúpido e ignorante. La audiencia queda boquiabierta por un segundo ante semejante andanada; pero reacciona rápidamente, arremetiendo contra el declamador, con enojo e indignación. Ignora el poeta que jamás debe el artista culpar al espectador de sus propias deficiencias; y lo paga caro. El auditorio entero está en su contra, incluyendo a su musa y a su rival, que han suspendido sus arrumacos. Los proyectiles llegan de todas partes. Monedas, lápices, escupitajos, gomas y todo aquello susceptible de ser arrojado impacta al poeta.
El Primer Gran Festival Artístico es un desastre.
La autoridad acude; jalan al poeta, sacándolo a empellones del proscenio. Vagamente, escucha cómo se le responsabiliza del fracaso del evento y queda expulsado del Instituto: se le solicita que se retire de inmediato. Obedece el poeta, apenas consciente de lo que ha ocurrido, pues su mente sigue con la musa, a la que ha perdido sin remedio.

Oda del poeta adolescente (II)

A solas, en la penumbra de su alcoba, el poeta rumia su desgracia.
¡Todo es tan injusto! Echado del escenario y del Instituto. No podrá volver a ver a su musa.
La recuerda ahora, con decepción y un dejo de rencor, pero sus sentimientos hacia ella continúan firmes, e incluso, su intensidad ha aumentado a consecuencia del fracaso. Hoy, más que nunca, siente la urgencia de conseguir su amor. Luchar por ella, conquistarla… ¡Si tan sólo supiera!, suspira el poeta. ¡Si hubiera podido decirle que lo que había escrito era para ella...!
Si hubiera.
Mas nada sucedió, y el poeta, una y otra vez, se niega a aceptarlo. Desconsolado, se pregunta: "¿Por qué a mí?"
“¿Para qué existir?”, prosigue en su monólogo mental. ¿De qué sirve la vida? Nada le ha dado sino decepciones y tristezas. Su musa está en los brazos de otro hombre, ¡cuando él la amaría más que ninguno! ¿Cómo aceptar cosa tan estúpida? ¿Cómo vivir en un mundo tan absurdo? ¡Sería más sensato abandonarlo!
El poeta se detiene.
¿Morir?
¿Y por qué no?
¿Por qué no?, se pregunta de nuevo, una vez que la nefasta idea ha invadido su mente. ¿Acaso tiene la vida algo que ofrecerle, cuando le ha arrebatado lo único que le importaba? Su poesía ha sido ridiculizada, sus sentimientos, ignorados. ¿Para qué seguir?
El alma del poeta, estúpida, atormentada y ciega, no es capaz de hallar una sola razón que justifique su existencia, encontrando en cambio docenas de motivos por los que la muerte es su única salida. Y aunque busca excusas, los argumentos a favor de su deseo absurdo no valen nada ante la fuerza del deseo mismo; y así, el poeta se pone de pie: ha tomado la decisión de acabar con su vida.
¡Oh! Pero, desde luego, su muerte no puede ser tan carente de sentido como su vida. No, tiene que ser dramática, novelesca, digna de su sufrimiento, de su arte. ¡Poeta, hasta el final! Antes de morir, escribirá su poema cumbre, unos últimos versos que justifiquen su paso por el mundo. ¡La última obra, tan emotiva, tan desgarradora, que le confiera, de manera póstuma, el reconocimiento que en vida le es imposible recibir!
No hay marcha atrás. Busca el instrumento con el que habrá de tomar su vida; tras pasearse por su cuarto, barajando cuantos extravagantes métodos de suicidio se le ocurren, su mirada se posa en su escritorio: hay allí unas tijeras, una navaja, un pisapapeles. Con un estremecimiento, el poeta los desecha: el dolor no entra en sus planes. Inspecciona las alacenas de la cocina, sabiendo que encontrará algo, pues la casa es continuamente invadida por bichitos rastreros. ¡Ah! Esboza una sonrisa: ahí están los venenos, medio ocultos detrás de los trapos y cubetas.
¿Qué debe tomar? ¿Y cuánto? El poeta desea ahora haber puesto más atención a sus estudios de química, pero no se arredra: no puede ser muy difícil. Para estar seguro, toma un poco de cada cosa y las mezcla con agua, preparando un brebaje de aspecto, olor y color extraños, que confía dé resultado. Otro efecto dramático: sirve el menjurje en un vaso de la vajilla más elegante de su madre, la que nunca se usa.
El poeta regresa a su habitación, llevando consigo su cicuta casera. Toma su pluma y, como lo ha hecho tantas ocasiones, se enfrenta al papel en blanco. Pero ahora es diferente, pues es la última vez y, por mucho, la más intensa.
El poeta escribe. Se siente extraño, fascinado: las palabras fluyen a través de la pluma con una facilidad asombrosa, casi insultante. Escribe con un virtuosismo que él mismo encuentra inverosímil. La certidumbre de la muerte le ha concedido, por unos momentos, el privilegio de la maestría que de otra forma le habría tomado muchos años alcanzar.
Termina. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Igual tres minutos que tres horas. Lee, con incredulidad, lo que acaba de escribir: ¿cómo ha podido hacerlo tan bien? El instante de genialidad se ha diluido, dejando tras de sí un nuevo motivo de suicidio; pues en ese breve momento de lucidez artística, el poeta ha caído en la cuenta de cuán mediocres y patéticas han sido sus obras anteriores: un débil reflejo, una burda imitación de un aficionado que, habiendo leído hasta el cansancio a los grandes poetas, tuvo la ingenua osadía de considerarse uno. Ahora entiende los abucheos de que fue objeto; peor aún, los comparte.
Sabe, con dolorosa certeza, que no podrá volver a producir otra pieza como ésta; que su arte es una farsa, que no es un verdadero poeta. ¡Por esto el público lo echa! ¡Por esto su musa lo desprecia! Antes de darse cuenta, el poeta ya ha bebido el brebaje mortal.
Comienza con un mareo; una sensación nauseabunda que recorre su cuerpo, que exige el inmediato desalojo de la sustancia dañina; pero el poeta se cubre la boca, reprimiendo el vómito. Siente como si sus ojos quisieran salírsele; la cabeza le duele de una manera que jamás ha experimentado. En un momento, está tendido en el suelo, retorciéndose.
¡Pero no! ¡No pueden encontrarlo tirado! Debe estar sentado a su escritorio, con la pluma en la mano y su obra delante. Un final trágico, pero no vulgar.
Se arrastra a su silla, subiendo con dificultad. Contiene el vómito con una mano, trata de alcanzar su cuaderno y su pluma con la otra. Para su contrariedad, el brebaje no lo ha fulminado rápidamente, sino que lo ha sumido en una desagradable agonía. Ya falta poco, se consuela el poeta mientras toma la postura adecuada. Ya falta poco. Y para distraerse de su dolor, imagina lo que ocurrirá tras su muerte.
Puede ver a su madre, descubriendo el cadáver. Un grito de horror y sorpresa. Sollozos histéricos, sacudidas al cuerpo inerte. Entonces, divisa el cuaderno y, atraída por una irresistible curiosidad, lo toma y lo lee.
¡Si se sorprende la madre! El poema posee el sello del gran arte, que sorprende por igual al neófito que al entendido. El padre acude presuroso al oír los gritos, y encuentra a su esposa tranquila, pero estupefacta, ida. Toma el cuaderno, y a su vez, lee...
La noticia de la muerte del poeta llega al Instituto. Todos, al enterarse, reaccionan con sorpresa y pesar: ¿El poeta está muerto? ¿El del Festival? ¡No es posible! Y después, sienten una sombra de culpabilidad cernirse sobre sus cabezas. Si no lo hubieran tratado tan mal...si no lo hubieran expulsado...¡tal vez seguiría vivo! ¡Todos son responsables de la muerte del poeta!
Pronto se propaga un rumor: el desdichado, antes de morir, escribió un poema. ¿De verdad?, preguntan todos. ¿Un último poema? ¡Tenemos que leerlo, escucharlo! La obra póstuma se convierte en el tema de moda. Todos hablan de ella y de su autor. Y todos están presentes en el funeral del poeta, cuando éste se lleva a cabo.
El rezandero ha concluido los rosarios; la capilla está en silencio, el poeta reposa en su ataúd. Llegada la medianoche, el padre del poeta se pone de pie; lleva en las manos un cuaderno roído. Los presentes dejan escapar un murmullo de emoción mientras el hombre se dispone a leer el último poema de su hijo.
¿Cómo reproducir tan maravillosa poesía? Es tal su fuerza, su belleza, que el padre, que no es ningún orador nato, ha logrado conmover al público. Las lágrimas asoman a todos los ojos; al terminar la lectura, un minuto de silencio es seguido por el aplauso más atronador y furioso que cualquiera de los presentes ha escuchado jamás. Aplauso que, a pesar de todo, no logra ahogar un grito.
Todos voltean. ¿Quién ha gritado? ¿La madre? No, permanece triste, pero ecuánime, junto al padre. ¿Entonces? La respuesta se revela en un segundo grito: ¡La musa!
La joven ofrece un espectáculo desgarrador. En las últimas líneas, se ha enterado de que era ella a quien el poeta dirigía todas sus palabras. Parece estar en shock. ¡Ella, y no lo sabía! Su acompañante, el rival del poeta, intenta ofrecerle consuelo, pero le rechaza con brusquedad. Lo único que importa es que el poeta se ha ido...se lanza contra el féretro, sollozando, abrazándolo, gritando como si el muerto pudiera oírla... su dolor es grande, crudo...
¡El dolor! El poeta sale súbitamente de su ensoñación. El funeral, la musa, se han esfumado, de vuelta en su mente. Parpadea, perplejo. ¿Es que aún está vivo? ¿El brebaje no ha servido de nada? Mueve las manos, los pies, la cabeza. ¡En efecto, está vivo! No sólo eso, se siente bien: los espasmos y el dolor han desaparecido. ¿Qué puede significar esto?, se pregunta el poeta, maravillado. ¿Acaso, después de todo, la vida tiene algo para él? ¿La Providencia ha decidido salvarle, demostrando que aún le queda mucho por hacer? ¡Por supuesto!, piensa el poeta, con una sonrisa en los labios y un nuevo brillo en los ojos. ¿De qué otra manera puede explicarse este milagro? ¡Ha sido salvado! Incluso su sufrimiento y autocompasión se rinden ante este acontecimiento maravilloso. La idea del suicidio ha desaparecido, y siente ahora incluso repugnancia hacia ella. ¿Cómo pudo habérsele ocurrido semejante estupidez? ¡Atentar contra su vida! ¡Por Dios!¡Si falta tanto por lograr! Tras escapar a la muerte, la vida se revela al poeta en todo su esplendor. En este momento, le importa poco el público, la poesía, incluso la musa. Descubre por qué ha sido tan mal poeta: ¡Por que nunca había estado realmente vivo! ¡No puede haber poeta que cante sin experimentar la vida! Ahora, por fin, lo entiende todo...
Ahora, el dolor vuelve.
El poeta siente, horrorizado, cómo su cuerpo deja poco a poco de responderle; sus piernas y sus manos se engarrotan y caen exánimes. El brebaje, compuesto heterogéneo e impredecible, ha tenido un extraño comportamiento, retrasando su efecto y disfrazando los síntomas; si fue la química del cuerpo o la inconsistencia del preparado, sólo un médico sabría decirlo; pero al final, ha cumplido su función. El poeta, inmóvil, nada puede hacer. ¡No es justo!, grita, mas nada sale de su boca. ¡No quiero morir!
Pero aún si pudiera gritar, nadie hay para oírlo ni ayudarlo. Siente cómo la vida, aquel bien hasta hace unos momentos indeseable, se le escapa. Mudo e impotente, el poeta expira.

Oda del poeta adolescente (III)

¡Es hora de cenar!, anuncia la madre, sin recibir otra respuesta que los ronquidos de su esposo desde el sillón de la sala. ¿Pero, en dónde se ha metido ese chamaco? ¡Se supone que debe despertar a su padre para cenar! En un hereditario discurso de autocompasión, se lamenta la madre de su infortunio. ¡Vaya un marido, vaya un hijo! ¡Eterna su mala suerte! ¿Qué puede esperar ya?
Sube al cuarto del vástago. ¡Ese muchacho! Está medio loco: de eso no hay duda. ¡Le dio por la poesía! Todo el santo día, encerrado en su cuarto, ¿haciendo qué? ¡Poesía! ¡Por amor de Dios! ¿En qué cabeza cabe? Fue simpático, al principio... “te hice un poema, mami”. Pero conforme creció, había seguido con la misma idea ridícula. ¡Poesía! ¡Habría de ponerse a trabajar! ¡Escuincle holgazán! Hay que tomar medidas drásticas, hacerlo entender a palos...
¡Ahí está! Tiradote en el escritorio, ¡dormido igual que su padre! No, no es posible ya. Le ordena que se levante y vaya a poner la mesa, o va a ver. ¿No contestas? ¡Te estoy hablando!, grita. Un golpe. No hay respuesta. Sacudidas. Y al momento siguiente, ve sus ojos...
¡Muerto! El padre, a medio bostezo, viene a averiguar la causa de la conmoción. El hijo está muerto, le dice su mujer, tratando de controlarse. ¿Muerto? ¿Qué pendejadas son ésas? ¡A ver, pinche escuincle, párate de una vez! ¡Párate...!
Está muerto, después de todo. El deceso real del poeta poco tiene que ver con su novelesca fantasía. El cuaderno no ejerce ninguna atracción especial, ¿por qué habría de hacerlo? Antes bien, pasa inadvertido frente a otro objeto: el vaso. Nadie ve el cuaderno cuando cae al suelo, pues el padre lo ha tirado todo en un acceso de furia, y nadie lo verá cuando, más tarde, sea arrojado a la basura.
El prefecto del Instituto llama a la casa para informar que hay que pasar a recoger unos papeles. Le dan la noticia: el poeta ha muerto. ¿Muerto?, repite el prefecto, sorprendido. Muerto. El poeta expulsado de tercer año, el fiasco del Primer Gran Festival Artístico de la prepa Miguel Hidalgo: muerto. Ah. Vaya. Qué pena, lo siento. Cuelga el teléfono, con una mueca en el rostro y alzando una ceja. Expresa su parecer en un ¡Caramba!, y se enfoca en cosas más importantes: la pared del salón de primero está ya muy descascarada.
Los compañeros de clase se enteran también. La noticia se comenta, pero no es un tema muy interesante que digamos: nadie parece haber conocido bien al difunto. Sin embargo, los alumnos deberían de ir al sepelio. La idea es del pelón Ortiz, quien, una vez que el director la ha aprobado, discute junto con sus amigos cómo pasarán el día libre, pues, por supuesto, no acudirán a la ceremonia. Eso sí, solidarios, han decidido echarse una en recuerdo del poeta, y en agradecimiento por haberles conseguido un día de asueto.
El rezandero termina rápido, pues tiene otros compromisos, y además, el muerto no goza de su simpatía. ¡El suicidio es un pecado mortal! Pueden rezar cuanto quieran, pero ese joven se va ir al infierno, musita despectivo. Los asistentes abandonan con rapidez la capilla: ya se les dijo que no habrá café. Entre tanto, en un pequeño bar del centro de la ciudad, sus viejos condiscípulos caen en la cuenta de que sólo queda dinero para otra ronda. El pelón Ortiz balbucea sonidos ininteligibles y está a punto de caerse. La musa, riendo, propone que el último brindis sea en honor al difunto. Alza su tarro y abre la boca.
-Por...por...- titubea. Parece tratar de recordar algo. No lo consigue. Harta, bebe sin formular el brindis y deja el tarro vacío sobre la mesa, siseando-: ¿Cómo diablos se llamaba ese güey?

Friday, September 08, 2006

Portada

He aquí la portada del libro "La escritura invisible"...no me ha encantado precisamente, pero eso es porque soy un amarguete criticón...



Y aunque es algo tarde para esto, va un link a una entrevista
del editor, Gustavo Ogarrio, en La Jornada de Michoacán...

Tuesday, August 08, 2006

Debuta "La escritura invisible"

...y yo también, en libro y en blog. No es mala idea inaugurar este diario virtual con la noticia de la salida del primer libro que incluye uno de mis textos.

Más adelante habré de comentar más...por el momento, baste transcribir limpiamente la invitación -a la que no podré asistir, por desgracia, pero siempre habrá otras-.

La escritura invisible, una antología de cuentos que se arriesga en los límites del género

La escritura invisible. Antología de narradores introvertidos, libro editado por la Secretaría de Cultura de Michoacán, el Instituto Michoacano de la Juventud y la editorial EÓN, se presenta el martes 8 de agosto a las 8 de la noche en el Auditorio II de la Casa de la Cultura de Morelia, Michoacán.

El volumen contiene 20 cuentos de 11 jóvenes autores que pertenecen a tres ámbitos geográficos y literarios diferentes: la ciudad ecuatoriana de Guayaquil, la ciudad de México y Morelia.El volumen incluye textos de Yanna Hadatty Mora, Jorge Vargas Bohórquez–jóvenes escritores guayaquileños ampliamente reconocidos en su país de origen–, Sergio J. Monreal, Gabriel Mendoza, Raúl Mejía, Nektli Rojas, Antonio Monter, Ramón Lara Gómez –escritores que pertenecen al ámbito narrativo de Michoacán–, Armando M. Zanker, Homero Quezada y Gustavo Ogarrio.
El poeta uruguayo-mexicano Saúl Ibargoyen ha dicho sobre esta antología: “Es una singular muestra de la producción de once jóvenes cuentistas de hoy, que surgen de tres geografías literarias. Estamos ante un conjunto en verdad tan inesperado como valioso, no sólo por las propuestas temáticas –arriesgadas ycreativas–, sino por la búsqueda y el hallazgo de formas propositivas que llegan a ser inquietantes y magníficas”.

La compilación y la introducción del volumen fueron hechas por Gustavo Ogarrio, que afirma: “más que ser una antología, en sentido estricto, el libro es la muestra de una literatura que vive y se nutre de los márgenes, de las orillas de nuestras sociedades y desde las cuales se escriben las metáforas de nuestros fracasos y las pequeñas y efímeras victorias de la lectura, que no son más que la dimensión artística de una resistencia de larga duración ante la avalancha de traumáticas modernizaciones. Los textos pueden ser leídos como relatos sobre destrucciones invisibles que se encuentran en territorios como la infancia, el crimen, el crecimiento cotidiano de la muerte, textos que muchas veces se arriesgan en los límites del cuento como género, pero que conservan su estructura básica: contar una historia”.

Varios de los cuentos incluidos en esta antología han sido premiados.“Animales impuros”, de Ramón Lara Gómez fue finalista del Premio Bukowski,2004; “El Sicario”, de Armando M. Zanker, obtuvo una mención especial en el Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción, 2005; “La autopsia dirá si ha muerto”, de Raúl Mejía, ganó el Premio de Cuento deHumor Negro al que convocaba el IMC, esto en 1999; “Pygmaeis et Salamandrys”, de Jorge Vargas, obtuvo el tercer lugar del Concurso de Cuento y Crónica del Metro de la Ciudad de México, en 1994; “Nunca seremos poetas”,de Gustavo Ogarrio, ganó el XXXIV Concurso Latinoamericano de Cuento“Edmundo Valadés” 2005.

El libro está dividido en dos secciones –que incluyen textos inéditos y otros ya editados y poco difundidos–. La primera sección contiene textos que sirven de presentación de los autores, la segunda está compuesta de relatos que ofrecen alguna afinidad con lo evanescente, con personajes y atmósferas que de alguna manera son congruentes con la invisibilidad de sus propios autores.